Vida monástica

La vida en el monasterio

Hay unos puntales claros que marcan nuestra vida en respuesta a la llamada de Dios: la búsqueda de Su rostro en la vida contemplativa (lectura orante de la Biblia, oración personal y litúrgica), la vida fraterna en comunidad, el estudio, la formación en la fe, la acogida a los peregrinos y huéspedes y el apostolado, todo ello desde un profundo sentido eclesiológico de comunión.

Nuestra jornada comienza temprano, con la oración y la alabanza a Dios.
Nos levantamos a las 6.00 de la mañana. Las primeras tres y horas y media de nuestro día se dedican a la lectura orante de la Biblia, la oración personal y la alabanza divina comunitaria. Rezamos Oficio de Lectura, Laudes y Tercia; también, celebración de la Eucaristía, punto culminante de nuestra unión con Cristo, hacia el que converge toda nuestra vida personal y comunitaria.
Después del desayuno, nos empleamos en el trabajo manual en el monasterio: artesanía, imprenta, hospedería, hasta el mediodía, cuando rezamos la hora menor de Sexta en comunidad, almorzamos, en silencio o acompañadas de lectura espiritual, rezamos la hora menor de Nona y descansamos una hora en la celda.
Cada día alabamos al Santísimo Sacramento una hora por la tarde, y el resto de la tarde se dedica al estudio, la lectura espiritual o la acogida y el apostolado, hasta las 19.30 hrs, cuando rezamos Vísperas en comunidad.
Cenamos en silencio, tenemos un rato de recreo comunitario, rezamos el rosario, rezamos completas y nos retiramos a la celda.

La fidelidad a la oración personal y la búsqueda de un ambiente de silencio nos permiten intensificar a lo largo del día lo que constituye la vida de oración, vivir la comunicación con Dios y su presencia. También, la lectura espiritual o el estudio amoroso de la Sagrada Escritura, ocupación que con insistencia nos encomienda San Jerónimo. Recibir y llenarse de Dios, para darse.

A ejemplo de la primitiva comunidad cristiana de Jerusalén, nos congregó el amor de Cristo, para que fuéramos una alma y un corazón en Dios –como dice nuestra Regla-, (cf. Hechos 2,42-47; Regla de San Agustín, cap. 1); por eso vivimos en comunidad. “Somos miembros unas de otras” (Rm 13,5); “y todos vosotros sois hermanos” (Mt 23, 8).

La comunidad, como verdadera familia reunida en nombre del Señor, goza de su presencia (cf. Mt 18,20). Cristo, que lo ha prometido, está en medio de ella y es su centro de unión. Es más, por la caridad de Dios que el Espíritu Santo ha derramado en los corazones, formamos un solo cuerpo en Él, inserido, como célula viva, en el misterio de la Iglesia. Mutuamente nos necesitamos y nos beneficiamos. Es preciosa esta ayuda en el camino de los consejos evangélicos. “Todo lo tenemos en común, porque poseemos en común a Cristo” nos dice San Jerónimo (Tract. in Ps. 132, CC LXXVIII, pág. 276, 29-31).

La renovación llevada a cabo por el Concilio Vaticano II, a impulsos del Espíritu de Pentecostés, ha iluminado en la Iglesia el núcleo central de su propio ser, revelado como “misterio de comunión” (Christifideles Laici, 8; Vita Consecrata, 41). Ese misterio es el designio divino de salvación de la humanidad (Christifideles Laici, 19), que se despliega en la historia de la alianza.
El manantial de este misterio no está en la Iglesia misma, sino en la Trinidad, en la comunión del Hijo con el Padre en el don del Espíritu Santo. Esta comunión es modelo, fuente y meta de la comunión de los cristianos con Cristo; y de ella nace la comunión de los cristianos entre sí (CIVCSA, Identidad y misión del religioso hermano, 2015).

Nos dice la Sponsa Christi, número 38: “Entiendan bien todas las monjas que su vocación es plena y enteramente apostólica, no circunscrita a límite alguno de tiempo, lugar o cosa, sino que se extiende siempre y en todas partes a todo lo que, de cualquier modo, atañe al honor de su Esposo y al bien de las almas”. El común apostolado de las monjas se ejerció en todo tiempo de tres maneras, dicen las Constituciones para las Monjas Jerónimas: por el testimonio de la vida evangélica, por la oración pública y privada y por la entrega a una vida de austeridad y penitencia. Con el paso del tiempo y los cambios en la vida de la clausura, dicen las Constituciones, que “una mayor apertura ha facilitado esa irradiación que se filtra de diversos modos: apostolado de la liturgia monástica, del locutorio, de la hospedería, de la pluma o de la beneficencia”.
En el monasterio de Santa María de Refet, esto se “traduce” en:
* Una Iglesia siempre abierta, a que las monjas y todos quienes deseen acercarse, recen juntos la Liturgia de las Horas, adoren juntos al Señor y veneren juntos a la Virgen María.
* Una acogida cristiana a todo aquél / aquella que desee acercarse a compartir las inquietudes de su vida, a discernir el camino que Dios le indica, a qué le/la llama; también a pasar unos días de retiro y oración en la hospedería monástica.
* Dinámicas eclesiológicas de comunión en respuesta a las necesidades de las personas que forman la Iglesia, especialmente nuestra Iglesia diocesana, y de las parroquias.
* Respuesta a la solicitud de la Diócesis de contribuir a la formación en la fe del pueblo de Dios mediante la Palabra de Dios (conferencias cuaresmales, cursos de formación, retiros, etc.).
* Presencia en las redes sociales en internet, en aplicación al “apostolado de la pluma” de nuestros días, para dar a conocer a Cristo a los corazones sedientos de Él.

La vida monástica y contemplativa es siempre antigua y siempre nueva, porque todos compartimos la misma inquietud del corazón que brota, como nos dice el Papa Francisco (Vultum Dei Quarere; sobre la vida contemplativa femenina), de la intuición profunda de que es Dios el que busca primero al hombre, atrayéndolo misteriosamente a sí.
La peregrinación en busca del Dios verdadero, que es propio de de cada cristiano y de cada consagrado por el bautismo – prosigue el Papa -, se convierte por la acción del Espíritu Santo en sequelapressius Christi, camino de configuración a Cristo Señor, que la consagración religiosa expresa con una singular eficacia y, en particular, la vida monástica, considerada desde los orígenes como una forma particular de actualizar el Bautismo (concepto muy claro en San Jerónimo).

Las personas consagradas, quienes por la consagración “siguen al Señor de manera especial, de modo profético” (Papa Francisco, carta a los Consagrados, 2014),son llamadas a descubrir los signos de la presencia de Dios en la vida cotidiana, a ser sapientes interlocutores capaces de reconocer los interrogantes que Dios y la humanidad nos plantean. Para cada consagrado y consagrada el gran desafío consisteen la capacidad de seguir buscando a Dios “con los ojos de la fe en un mundo que ignora su presencia” (San Juan Pablo II, Vita Consecrata), volviendo a proponer al hombre y a la mujer de hoy la vida casta, pobre y obediente de Jesús como signo creíble y fiable, llegando a ser de esta forma “exégesis viva de la Palabra de Dios”(Benedicto XVI, Verbum Domini).

Unos versículos del salmo 15 pueden resumir el sentir en nuestra vida:

“Me enseñarás el camino que lleva a la vida:
gozo y fiesta en tu presencia;
a tu lado, delicias por siempre.”

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